sábado, 6 de marzo de 2021

TERCER DOMINGO DE CUARESMA.

 «Del tiempo de las respuestas al momento de las preguntas»  

III Domingo de Cuaresma − Ciclo “B” 

 

 

La relación entre el relato de las tablas de la Ley (primera lectura) y la conocida como purificación del Templo (evangelio) puede llegar a ser más estrecha de lo que se puede imaginar: en ambos pasajes se cuestiona a los creyentes sobre la percepción de Dios. Veamos, en este III Domingo de Cuaresma, cómo la Ley y el Templo −pilares de la fe para el pueblo de Israel− pueden sostener y cobijar a los creyentes o, por el contrario, pudieran terminar convirtiéndose en lo que nunca fueron, es decir, obstáculos para el encuentro de Dios con su pueblo. 

La primera lectura (Éx 20,1-17) contiene las «Diez Palabras». De esta manera, define el autor del libro del Éxodo los imperativos que la tradición cristiana conoce como «los Diez Mandamientos». Así se proporciona una clave de interpretación del resto del pasaje, ya que, ante las palabras se puede responder con diálogo obediente. Es necesario, siempre, volver al texto bíblico para contemplar, con una mirada nueva, la revelación de Dios, que en realidad nunca es antigua. El paso de los siglos, las relecturas sesgadas, la imparcialidad subjetiva o cualquier otro factor, puede dejar, incluso con la mejor de las intenciones, matices moralizantes ajenos a los textos bíblicos. En este caso no se encuentran ni siquiera en el texto, sino en el título que damos al mismo: «Los Diez Mandamientos». Es necesario, por tanto, revisar los títulos y los encabezamientos de los pasajes bíblicos para que no acaben en etiquetas indelebles, que impiden a la Palabra dialogar con el hombre; que dificultan la revelación de Dios a su pueblo.  

Las Diez Palabras o los Diez Mandamientos son un don de Dios al hombre. Diez fueron las palabras en el relato de la creación («Dios dijo») que se muestran como un acto de amor gratuito: un amor en relación, en diálogo y en respuesta. Así es como comienza el Decálogo: «Yo soy tu Dios» (Éx 20,2), ante lo cual el creyente responde, a lo largo de su vida: «Tú eres mi Dios, te doy gracias» (Sal 118,28). Esta respuesta, con la que Iglesia reza en los salmos recibidos del pueblo de Israel, es un diálogo, porque a las Diez Palabras solo se puede responder desde el agradecimiento, desde la entrega y desde la obediencia responsable. 

El Templo, en analogía con la Ley, parece que es el protagonista en el evangelio de este Domingo (Jn 2,13-25). El Templo remite al encuentro con Dios, porque el verdadero problema, la cuestión importante es: ¿Dónde habita Dios? ¿Dónde se puede encontrar? El autor de Hechos ofrece una respuesta, aunque en realidad presenta el mismo interrogante que el profeta Isaías a quien cita: «el Altísimo no habita en edificios construidos por manos humanas, como dice el profeta: Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir −dice el Señor−, o qué lugar para que descanse? ¿No ha hecho mi mano todo esto?» (Hch 7,48-50).  

En realidad, el protagonista de Jn 2,13-25 no es el Templo de Jerusalén, sino Jesucristo. La novedad cristiana sobre el Templo, que ya no existe cuando se escribe el evangelio de Juan, está precisamente en Cristo: el cuerpo glorioso del Crucificado se convierte en lugar del encuentro universal entre Dios y todos los hombres. La función del Templo, hecho de piedras, se cumple ahora en el cuerpo de Jesucristo.  

En este momento podemos afirmar que ha terminado el tiempo de las respuestas y comienza el momento de las preguntas. La cuaresma no es un camino solo hacia Jerusalén, sino una subida hacia Dios (cf. Jn 2.13); no se trata de entrar en el Templo como si fuese la llegada a una meta, sino alegrarnos de que Dios habite siempre en nosotros (cf. Jn 1,14); no se pretende que acatemos los Mandamientos como si fuésemos autómatas que reciben órdenes externas, sino dialogar, responder y amar a Dios que nos amó primero (1Jn 4,10). Aunque suene atrevido, cuando alguien es únicamente obediente cumplirá alguno –muchos, en el mejor de los casos− de los mandamientos; cuando se ama, se crean nuevos mandamientos ¿No consiste en eso el  mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros; como yo os he amado» (Jn 13,34)? 

 

 

Isaac Moreno Sanz  


sábado, 27 de febrero de 2021

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA.

 «De subir al monte a transfigurar el camino»  

II Domingo de Cuaresma − Ciclo “B” 

 

 

 

Las lecturas de este segundo domingo de Cuaresma muestran varios elementos que remiten a la manifestación de Dios al hombre. En efecto, el evangelio de este domingo es el relato de la transfiguración, una teofanía o epifanía, que ocupa un lugar central en los evangelios sinópticos (cf. Mc 9,2-8; Mt 17,1-8; Lc 9,28-36). La primera lectura, conocida como el sacrificio de Isaac (Gén 22,119), ofrece el significativo diálogo entre Abrahán y el ángel del Señor: no es un relato sobre la inmolación de su primogénito en el monte Moriah, sino la bendición de Dios que resuena hoy como promesa a su pueblo. 

En el relato de la Transfiguración, se ha interpretado la presencia de Moisés y Elías como dos personajes que representan el conjunto de las Escrituras de Israel, la Ley y los Profetas. Más que una lectura tipológica, donde un personaje sustituye a otro, es posible establecer una lectura dialógica, en la medida que los tres personajes de la transfiguración −Moisés, Elías y Jesús− fueron figuras proféticas, que experimentaron la oposición, el rechazo y el sufrimiento de manos de su propio pueblo.  

La lectura en diálogo de las Sagradas Escrituras requiere tiempo, dedicación y atención. En cualquier ámbito de la vida, no se puede pretender alcanzar de manera rápida y fácil lo que conlleva tiempo y esfuerzo. La lectura tipológica corre el riesgo de valorar o vivir una etapa de la vida como preparación para otra, es decir, considerar el Antiguo Testamento únicamente como una preparación para el Nuevo Testamento. Es como si se considerase la infancia como preludio de la adolescencia; la juventud como una etapa preliminar de la edad adulta; la madurez como una especie de preámbulo de la ancianidad. Cada etapa requiere ser vivida en sí misma, con sus grandezas y dificultades. El Dios que se manifiesta en el Antiguo Testamento habla al hombre, a la humanidad: la de aquel tiempo y la del momento presente; al pueblo de Israel y al pueblo de Dios; al que peregrina en el desierto y al que camina durante la Cuaresma hacia la Pascua. 

La palabra es importante en el episodio del Monte Moriah y en el Monte Tabor. En el relato del Génesis, el ángel del Señor ordena, habla y promete la bendición de Dios a Abrahán y su descendencia. En la transfiguración, Moisés y Elías conversan con Jesús (solo Lucas recoge el contenido de esa conversación, cf. Lc 9,31); Pedro interpela al Señor; la voz desde la nube invita a los discípulos y a todos los lectores a escuchar. En la nube, la visión desaparece y la atención de los lectores de cualquier época se concentra sobre aquello, más bien Aquél, que se escucha. La fe –de Abrahán, de los discípulos, de los creyentes− es sustancialmente una escucha, no solo la contemplación estática, sino una comunicación y un encuentro con Quien está más allá de lo visible y con quienes están entre nosotros en este camino cuaresmal. 

La contemplación y la escucha se entrelazan en la vida de las comunidades cristianas que, contemplando a Abrahán e Isaac, a Pedro, Santiago y Juan, no siempre comprenden los caminos de Dios y las manifestaciones de Jesús. La anticipación de la gloria en la Transfiguración da un nuevo sentido al camino cuaresmal, que se recorre junto a Jesús profeta rechazado, como Moisés y Elías. Se propone pasar de la contemplación de la Transfiguración a transfigurar nuestro camino, es decir, cambiar nuestro rostro al contemplar el Rostro de Dios. 

Los acontecimientos de ambos montes, en Uno y Otro Testamento, se convierten en relecturas del pasado, anticipos del futuro y, lo que es más importante, explicación del presente. De Abrahán −como de los discípulos− se espera una decisión: antes (Gén 22) o después (Mc 9). En este sentido, los cristianos en el camino de la Cuaresma contemplan un nuevo paradigma en la misión, forman parte del diálogo entre Dios y Abrahán, entre Jesús, Moisés y Elías, siempre disponibles para su pueblo. Los nuevos diálogos, en unos caminos siempre nuevos, nacerán de la escucha responsable en nuestras comunidades cristianas: es necesario subir al monte, es imprescindible transfigurar el camino. 

 

Isaac Moreno Sanz 

  


domingo, 21 de febrero de 2021

RULETA DE CUARESMA

PARA 3º Y 4º



PARA 5º Y 6º

sábado, 20 de febrero de 2021

REFLEXIÓN DEL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA.

 «El arcoíris, donde el Sol y la lluvia se besan» 

I Domingo de Cuaresma − Ciclo “B”



El tiempo de Cuaresma inicia bajo el arcoíris, signo de la alianza que Dios establece con la humanidad y con toda la creación. En este caso, el arco no es el arma que amenaza al hombre, sino el signo del pacto: Dios no tensa su arco, sino que ofrece un nuevo inicio con el arcoíris, paradigma de todos los nuevos inicios que tendrán lugar en historia. Llegará un momento en el que se contemplen el cielo nuevo y la tierra nueva y el mar ya no exista (Ap 21,1), mientras tanto, el recuerdo de la alianza después del diluvio sirve para iniciar nuevos caminos, como el de esta Cuaresma.

La primera lectura (Gén 9,8-15) narra el inicio de la creación nueva después del episodio del diluvio, que representa el renacimiento de la humanidad y de la creación. El diluvio –con el motivo ambivalente de las aguas− es un bautismo purificador: la primera humanidad muere en el signo de la violencia creada por el hombre (Caín y Abel; canto de Lamec…), que se había alejado del inicio que Dios vio como muy bueno (cf. Gén 1,31). Al leer esta lectura, al inicio de la Cuaresma, la alianza con Noé y con sus hijos se presenta como un abrazo a todas las esperanzas del hombre y de la creación, sin excepciones. Se trata de un beso entre el Sol y la lluvia, metáfora del beso de Dios a la humanidad. El arcoíris, que abarca a todos y a todo, no excluye, sino alcanza: ¡Cuántas exclusiones se han producido después de aquel signo! La humanidad, pecadora; la creación, limitada, parten de un Dios fiel a sus promesas y a su alianza, que ofrece nuevas oportunidades de reconciliación, de encuentro y de conversión.

La llamada a la conversión que Jesús dirige al inicio del evangelio de Marcos (Mc 1,12-15), proclamado al inicio de la Cuaresma, es una llamada a tomarse en serio el proyecto de la creación, es decir, la historia de la salvación. Tal y como Marcos expresa en griego la tentación, parece que se quiere indicar que la duración es constante, una especie de condición de vida para Jesús y para sus seguidores. El hecho de que se sitúe al inicio de su ministerio público, no excluye otras tentaciones porque, en realidad, nunca se superan del todo. La tentación requiere, por parte del creyente, una atención constante, un desierto que no tiene confines o unos cuarenta días que se convierten en años. En el desierto, los abrazos y los besos de Dios son un oasis de amor, paz y esperanza.

Marcos une en el desierto (cf. Mt 4,1-11; Lc 4,1-13) elementos aparentemente extraños: la tentación; la convivencia de Jesús con las bestias salvajes; el servicio de los ángeles. El punto de partida es el desierto, donde todo tuvo inicio para Israel (cf. Jer 2,2). Se muestra que la victoria es posible: el desierto puede florecer; la tierra inundada por las aguas del diluvio puede germinar de nuevo; el paraíso perdido puede ser alcanzado. El tiempo de Cuaresma, entendido como un desierto, significa recuperar esta esperanza, no como un sueño, sino como fe en la creación y en la promesa, como muestra de la posibilidad de volver a Dios si es que en algún momento el creyente se ha separado de Él.

La Cuaresma es una nueva oportunidad, que debe suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y ayudarnos a salir de nuestras comodidades. La convivencia con la tentación, con la enfermedad o con las limitaciones del hombre –en nuestras vidas, en la Iglesia y en la sociedad− se nos ofrece una nueva posibilidad para cambiar el rumbo, para responder a Dios que nunca interrumpe el diálogo de salvación con la humanidad. El desierto puede evocar las soledades del hombre; el diluvio, lo que desborda la capacidad humana; el arcoíris, el beso de Dios a la humanidad. De esta manera, el recuerdo de la alianza se convierte en semilla de la esperanza para quien habita en el desierto, para el que se reconoce desbordado y para quien necesita del beso y del abrazo de Dios. 



Isaac Moreno Sanz

 


jueves, 18 de febrero de 2021

domingo, 14 de febrero de 2021

MIÉRCOLES DE CENIZA: 17 DE FEBRERO

Miércoles de Ceniza






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La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno.


Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar.


La Cuaresma son cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón. Es un tiempo de pedir perdón y perdonar.






¿Sabías que…?


Las cenizas que nos pone el sacerdote provienen de las palmas quemadas el Domingo de Ramos del año anterior.


La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.


Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por los demás.




PARÁBOLA: EL BUEN SAMARITANO

 


 Esta parábola nos enseña acerca de la manera en que Dios quiere que las personas interactúen entre sí y que rompan todas las barreras religiosas y raciales. Dios quiere que todos se lleven bien sin importar de qué manera decidan adorarle. Esto se hace evidente en la historia por el samaritano que ayudó a un hombre que a su vez probablemente no lo habría ayudado en la misma situación.