sábado, 23 de enero de 2021

REFLEXIÓN DE NUESTRO PÁRROCO PARA EL DOMINGO

 «La vocación de Dios y la misión del hombre»  

 Domingo del Tiempo Ordinario − Ciclo “B” 

 

 

El hombre, que desde siempre ha buscado a Dios, se ha encontrado con Él en muchas ocasiones. En estos encuentros ha recibido, en algunas ocasiones, una misión, una vocación o un encargo. En este III Domingo del Tiempo Ordinario se nos presentan dos relatos de vocación, distanciados en el tiempo, diferentes en la misión y, sin embargo, con los mismos interrogantes: Dios que llama; el hombre que responde.  

La primera lectura (Jon 3,1-5.10) recoge un mandato de Dios al profeta: «Ponte en marcha y ve». El imperativo, que significa «álzate», «ponte en pie», «prepárate», suele ser utilizado por Dios en momentos importantes para dirigirse a su pueblo o a algunos protagonistas de la historia de la salvación como Abrahán o Moisés. También, en otras ocasiones, es empleado para indicar un movimiento del hombre que se aleja de Dios: en el engaño de Jacob a Isaac (Gén 27,19); en el encargo del pueblo a Aarón del becerro de oro (Éx 32,1). Todo esto refleja que el movimiento en sí no garantiza nada, que la misma fuerza puede ser utilizada para acercarse a Dios, como para separarse de Él.  

Las duras palabas de Jonás, «Nínive será arrasada», en el plazo de «cuarenta días», constituye una llamada a la conversión. La vida del creyente, a caballo entre los próximos cuarenta días o los cuarenta años –pasados o futuros−, precisa de una puesta en marcha que, a veces, se produce sin dar un solo paso, sin pronunciar una sola palabra o sin ser acogida por los que escuchan. El testimonio no siempre se transforma en grandes discursos porque, a veces, las muchas palabras, incluso en ámbitos eclesiales, pueden esconder la fuerza y la vida de la Palabra de Dios. 

Recordemos una breve parábola. En cierta ocasión, un profeta llegó a un pueblo. Comenzó a predicar y la gente oía, pero no cambiaba; le escuchaban, pero no se convertían. El tiempo pasaba y la situación continuaba siendo la misma, aunque cada vez eran menos los que acudían a sus predicaciones, menos aún los que oían y escasos los que prestaban atención. Al cabo de un tiempo, años quizás, alguien le preguntó: «¿Por qué sigues predicando?». El profeta respondió: «Al inicio, predicaba para cambiarlos; ahora predico para que yo no me convierta como ellos».  

La conversión es el punto de partida del evangelio de Marcos (Mc 1,4) y del fragmento del evangelio del que se lee en el III Domingo del Tiempo Ordinario (Mc 1,14-20). La conversión, conexión evidente con la primera lectura, encierra un nexo aún mayor: la misión del profeta Jonás continúa en la llamada de los primeros discípulos. Así, los nombres de Simón, Andrés, Santiago y Juan se añaden a una memoria precedente, donde se encontraba Jonás, dejando abierta la lista para incorporar tantos y tantos nombres. También ellos, como nosotros, se ponen en camino: unos dejan las redes, otros seguridades; unos la barca, otros llantos, alegrías, compras o negocios (segunda lectura, 1Cor 7,29-31); unos recorrieron Nínive o Galilea, otros ciudades industrializadas, barrios periféricos o pequeños pueblos alejados de las grandes urbes. En resumen, los nombres aumentan, la vocación permanece, porque en el fondo, la llamada (esto es lo que significa el término “vocación”) es tanto de Dios que habla, como de los hombres y mujeres que escuchan; del Dios que envía, como del creyente que acoge la misión.  

La vocación de Dios, en cuanto que sigue llamando al hombre, continúa a pesar de las dificultades. No en vano, el evangelio de este domingo parte de una situación trágica: «Cuando arrestaron a Juan» (Mc 1,14). En definitiva, se puede afirmar que es posible acallar a un profeta, el Bautista, pero es imposible silenciar la Palabra; es probable que alguna misión no tenga un efecto inmediato, sin embargo, es imposible que Dios se arrepienta de su promesa, «pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables» (Rom 11,29).  

 

 

 

Isaac Moreno Sanz 

  


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